Las grandes empresas del sector también sufren la pérdida de poder adquisitivo, con recortes en Georgalos y La Salteña.
Las empresas de alimentos se encuentran entre las más duramente afectadas por la caída del consumo masiva en Argentina, derivado de las dificultades de las familias para llegar a fin de mes, y la consecuente pérdida de poder adquisitivo que evidencian. De esta realidad no son ajenas ni las pymes del rubro, ni tampoco las empresas con una historia reconocida y un tamaño importante.
Mientras grandes jugadores como Arcor, Molinos Río de la Plata, Mastellone y Morixe muestran en sus resultados financieros el impacto de la retracción del mercado interno, el deterioro pega con especial fuerza sobre empresas medianas y pequeñas del sector, donde los márgenes son menores y el acceso al financiamiento resulta mucho más limitado.
En ese escenario aparecen dos conflictos que volvieron a encender alarmas en la industria alimenticia: la profundización de la crisis laboral en Georgalos y la delicada situación financiera de Alijor, fabricante de la histórica marca La Salteña.
En ambos casos, el desplome del consumo, la caída de ventas y las dificultades para sostener la operación derivaron en suspensiones, atrasos salariales y temores crecientes sobre la continuidad productiva.
El deterioro del mercado alimenticio ya había quedado reflejado en los balances trimestrales de las grandes empresas del sector publicados en los últimos días.
Tanto Arcor como Molinos, Mastellone y Morixe mostraron una fuerte presión sobre sus volúmenes vendidos, pérdida de rentabilidad y mayores dificultades para sostener márgenes en un contexto de consumo deprimido.
Pero mientras las grandes compañías todavía conservan espalda financiera, diversificación de negocios y capacidad exportadora, el problema se vuelve mucho más dramático para empresas de tamaño mediano que dependen casi exclusivamente del mercado interno argentino.
La golosina nacional, en problemas
Uno de los casos más delicados es el de Georgalos, histórica firma creadora de productos emblemáticos como el Mantecol, cuya planta ubicada en Victoria, partido bonaerense de San Fernando, atraviesa desde fines de 2025 un conflicto laboral sostenido.
La empresa ya había implementado el año pasado un esquema de suspensiones rotativas que alcanzó a la totalidad de sus 600 operarios, bajo el argumento de un “drástico derrumbe en las ventas”.
Ahora, la situación volvió a agravarse con una nueva ronda de suspensiones que, según denuncian los trabajadores, afecta incluso a delegados sindicales y empleados con más de 30 años de antigüedad.
La empresa atribuye la crisis a la fuerte retracción del consumo y también al impacto de las importaciones de alimentos y golosinas, especialmente desde Brasil.
La apertura comercial, como también sucede en otros sectores, profundizó la competencia sobre productos nacionales y afectó especialmente a fabricantes locales con menor escala.
La crisis impacta también en las tapas de empanadas y tartas más emblemáticas
La situación de Alijor, propietaria de la marca La Salteña, parece incluso más delicada. El Sindicato de Trabajadores de Industrias de la Alimentación (STIA) denunció que la empresa arrastra desde hace meses problemas financieros que derivaron en atrasos salariales, incumplimientos con proveedores y fuertes tensiones sindicales.
La crisis escaló en las últimas semanas luego de que trascendiera que la compañía mantiene deudas salariales acumuladas desde 2024 y enfrenta crecientes dificultades para sostener la operatoria. Distintas fuentes gremiales advierten que están en riesgo alrededor de 180 puestos de trabajo.
El deterioro de la empresa provocó protestas de trabajadores y reclamos del sindicato de la alimentación, que ya comenzó a plantear públicamente que la única salida viable sería incorporar un socio o encontrar un nuevo dueño para la compañía.
El caso de La Salteña tiene además un fuerte valor simbólico dentro del negocio alimenticio argentino. La marca logró consolidarse durante décadas como uno de los principales jugadores del mercado de tapas para empanadas y pastas frescas, con fuerte presencia en supermercados y comercios de cercanía.
Sin embargo, el derrumbe del consumo y el encarecimiento de costos operativos comenzaron a deteriorar la situación financiera de la compañía. A eso se suman dificultades para acceder al crédito y sostener capital de trabajo en un contexto de tasas elevadas y ventas deprimidas.
La combinación de caída del consumo interno y aumento de costos fijos empezó a afectar especialmente a empresas alimenticias medianas, que no cuentan con la capacidad financiera ni la escala de los grandes grupos del sector.



