En la Buenos Aires de finales de siglo XIX, caótica y convulsionada, en el seno de una familia acaudalada de origen vasco, en 1879 nació Horacio Anasagasti. Por su posición social, desde muy joven conoció los primeros automóviles que llegaban al país.
Esta cercanía y su propio interés lo llevaron a estudiar ingeniería en la Universidad Nacional de Buenos Aires, donde se graduó a los 23 años. Durante esa etapaAnasagasti participó de la fundación del Automóvil Club Argentino, teniendo en claro que Argentina podía, y debía, producir sus propias unidades. Con aquel objetivo en mente, emprendió un viaje a Europa, donde perfeccionó sus conocimientos en la fábrica de Isotta Fraschini, una de las marcas más exclusivas de aquel entonces, en Milán.

El modelo fordista, replicado en las calles de Buenos Aires
En 1911, la empresa Anasagasti y cia. se volvió una realidad. Hacía apenas 3 años que Henry Ford había lanzado su icónico modelo Ford-T, lo cual instantáneamente le valió a Horacio la comparación con él. Es que en la planta ubicada en el barrio porteño de Palermo, Anasagasti comenzó a producir autos en serie, algo que muy pocos alrededor del mundo habían podido emular del empresario norteamericano. Esto colocó al país como uno de los primeros en tener una industria automotriz de escala comercial.
No solo compartían una visión empresarial similar estos dos pioneros de la industria automotriz, sino también la importancia que otorgaban al bienestar de sus trabajadores. Así como Ford abogó por el aumento salarial, Anasagasti además fue un adelantado en materia de derechos laborales, otorgando jornadas de 8 horas cuando no era lo habitual, capacitando a su personal e incluso trabajando a la par de ellos constantemente.
El primer auto argentino exportado y un final con sabor agridulce
En Argentina se habían fabricado algunos vehículos, pero estos eran artesanales. En Av. Del Libertador y Bulnes, donde Anasagasti y cia. se encontraba, se fabricaron autos en serie por primera vez en el país. Llegaron a producirse 50 unidades, y más allá de que algunas partes también eran de fabricación local, la gran mayoría provenía de Europa, y la llegada de la Primera Guerra Mundial truncó los sueños de “Don Horacio”.

A pesar de las dificultades, Anasagasti le garantizó a cada uno de sus más de 20 empleados la correspondiente indemnización. Si bien el destino no fue el esperado, antes del cierre de la firma, el empresario marcó un hito más: habían enviado unidades a competir a Europa, y una de ellas resultó triunfante de la carrera Madrid-París, por lo que el Rey Alfonso XIII decidió quedársela, convirtiéndose así en el primer auto argentino en ser exportado.
Aficionado a la aeronáutica y amante de la naturaleza, pasó el resto de sus días en la Patagonia, donde también tuvo un rol activo, impulsando la creación de Parques Nacionales y las comunicaciones para conectar el sur argentino con el resto del país. Sin lugar a dudas, un visionario pero por sobre todas las cosas, un gran amante de su patria.
En la Patagonia también terminó sus días, ya que falleció en Bariloche en 1932. De las 50 unidades iniciales, dos han sobrevivido, una donada por el propio Horacio a la Fuerza Aérea de El Palomar, y la otra se encuentra en el Club de Automóviles Clásicos de San Isidro. En ellas aún hoy se puede apreciar la gesta de un ingeniero argentino que creyó en su tierra, y gracias a eso dejó su nombre escrito en la historia, de la mano del primer automóvil de fabricación nacional.



