La carrera por la Inteligencia Artificial, la falta de oferta y un déficit global inminente empujan al cobre a un escenario sin precedentes.
El cobre tomó un protagosnimo inesperado sobre el cierre del año, y se avisora un crecimiento exponencial para el 2026, en medio de la inestabilidad de otros activos. Lo que parecía un metal más en el universo de los commodities hoy es un activo estratégico que sostiene dos revoluciones simultáneas: la transición energética y el avance imparable de la Inteligencia Artificial.
La señal del 2025 fue contundente. El cobre salió de su letargo con una fuerza que alteró carteras y pronósticos en todo el mundo. El ETF (un tipo de inversión que agrupa activos como acciones o bonos y se negocia en una bolsa de valores de manera similar a las acciones) de mineras $COPX avanzó más del 56% en el año y superó sin esfuerzo al S&P 500 y al Nasdaq, un movimiento que el mercado ya no puede atribuir solo a especulación. Detrás de esta escalada hay un fenómeno físico y económico mucho más profundo: la demanda global está creciendo a un ritmo que la oferta no puede acompañar.
Los principales bancos de inversión coinciden en que 2026 no será una continuación del crecimiento, sino el año donde el cobre podría romper todos los techos históricos. Desde UBS, realizaron un pronóstico que ya está circulando con fuerza entre operadores y fondos: el cobre podría llegar a 13.000 dólares la tonelada en diciembre de 2026. La entidad habla de una “tormenta perfecta” donde chocan dos fuerzas que no dan tregua: una oferta limitada por problemas estructurales y una demanda impulsada por tecnologías que no pueden esperar.
Aun así, no descartan turbulencias. Un tropiezo en la economía china —que concentra más del 50% del consumo mundial— podría generar correcciones temporales. Pero para los analistas, la tendencia estructural del metal ya está decidida.
El jugador que cambió todo fue la inteligencia artificial
Hasta hace poco, el gran impulsor del cobre era la transición energética. Paneles solares, parques eólicos y autos eléctricos fueron el centro del análisis durante años. Pero en 2025 apareció un nuevo actor que desordenó los modelos tradicionales: la Inteligencia Artificial.
Los centros de datos que entrenan modelos como ChatGPT, Gemini o Claude consumen cantidades astronómicas de energía. Esa energía circula por kilómetros de cableado de cobre, y los sistemas de refrigeración para chips de alta potencia también dependen del mismo metal. Este fenómeno tomó a los economistas por sorpresa: la IA no solo necesita computación, sino infraestructura eléctrica, y esa infraestructura es profundamente intensiva en cobre.
Goldman Sachs reconoce esta dinámica y señala que, aunque en el muy corto plazo podría verse un superávit moderado, el mercado se encamina hacia una escasez severa hacia el final de la década. Su proyección a largo plazo (que el valor de la tonelada alcanzará los 15.000 dólares) refleja un escenario donde la demanda tecnológica se vuelve imparable.
Además, los países desarrollados están compitiendo por asegurar suministro. Estados Unidos, China y Europa están involucrados en una carrera estratégica para controlar minerales críticos, lo que impulsó fusiones y adquisiciones en la industria. El cobre dejó de ser un simple commodity y pasó a ser una cuestión de seguridad nacional.



