La vitivinicultura argentina atraviesa una compleja situación impulsada por dos presiones simultáneas: la disminución del consumo a nivel mundial y el incremento de los costos locales medidos en dólares.
Frente a este escenario, recuperar la competitividad de la industria exige aumentar la productividad, abrir nuevos mercados internacionales y revisar la capacidad productiva ante una demanda global más reducida.
De acuerdo con un análisis realizado por Jorge Day para el Instituto de Estudios Económicos sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL) de la Fundación Mediterránea, estos desafíos reflejan dinámicas que también han afectado a otros grandes competidores del sector.

Ante la apreciación de sus monedas, Chile optó por ampliar sus mercados y volúmenes exportados, mientras que Australia enfocó sus esfuerzos en reducir costos, diferenciar sus vinos y ajustar su capacidad productiva. Sin embargo, en ambos países, alternativas como la venta directa, la creación de marcas o el lanzamiento de nuevos productos no alcanzaron para compensar la caída general del consumo, obligando a recortar la oferta y revisar las inversiones.
Una posición de desventaja
En el ámbito nacional, la producción enfrenta serios obstáculos logísticos y de acceso a mercados.
La distancia entre Mendoza y San Juan respecto de los puertos encarece significativamente el flete terrestre, afectando con particular severidad a los vinos a granel y a los de menor precio.
A esto se suma el menor acceso a acuerdos comerciales, lo que deja al vino argentino en una posición de desventaja arancelaria frente a sus competidores en diversos destinos de exportación.