La fibra mohair se obtiene del pelo de la cabra de Angora y es una de las materias primas más cotizadas del mercado textil internacional. La Patagonia argentina produce alrededor de 470 toneladas anuales, repartidas entre Neuquén, Río Negro y Chubut, lo que ubica al país en el tercer puesto mundial después de Sudáfrica y Lesotho.
Especialistas del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) vienen trabajando desde fines de los años noventa en un programa de mejora genética para estandarizar la calidad de la fibra y permitir su ingreso al mercado de lujo. El esfuerzo es técnico y también comercial: el mohair compite en un segmento donde la trazabilidad y la finura definen el precio.
De Neuquén a las pasarelas más importantes
El nombre de “fibra diamante” no es solo marketing. El mohair tiene una superficie lisa, sin las escamas que sí presenta la lana de oveja, lo que le da un brillo natural que transfiere a otras fibras cuando se mezcla con seda, alpaca o lana merina. Esa propiedad es la que la convierte en insumo estratégico para la alta costura.
La fibra se clasifica por finura según la edad del animal: 25 micrones para la categoría Kid, 28 para Joven y 30 para Adulto. La más cotizada es el llamado Super Kid, que se obtiene de cabras de menos de seis meses y se utiliza en prendas de alta gama. Diego Sacchero, investigador del INTA Bariloche y referente técnico del sector, analiza año tras año los lotes que ingresan al programa para ajustar el plan de mejoramiento.
El circuito comercial es colectivo. Bajo el Programa Mohair funcionan siete centros de acopio donde productores y cooperativas clasifican, enfardelan y muestrean la fibra para venderla en licitaciones públicas. La lana se peina luego en los polos textiles de Chubut y Trelew, y se exporta en su mayoría a Italia y China, que concentran cerca del 67% de la demanda mundial. El sistema se está mudando además de una a dos esquilas anuales, para obtener mechas de menos de 150 milímetros, que es lo que pide la industria hoy.

¿Quién compra mohair argentino y por qué?
Sudáfrica encabeza el ranking global con cerca del 53% de la producción, seguida por Lesotho con 18% y Argentina con 12%. Esos tres países concentran más del 80% del mohair que se produce en el mundo, según datos del INTA. La paradoja es que el primer productor compra fibra argentina: la alta costura necesita variedades distintas para distintos tejidos, y la calidad patagónica tiene un rinde al peine superior al promedio.
Las casas que tejen ese hilo tienen nombre y apellido. Loro Piana, Vitale Barberis Canonico, Dormeuil y Scabal son algunas de las firmas europeas que trabajan con mohair certificado para sus colecciones de lujo. Por otro lado, marcas masivas como Zara, H&M, Gap, Lacoste y Topshop dejaron de comercializar prendas con mohair que no esté certificado, después de las denuncias de organizaciones como PETA sobre prácticas de crueldad en granjas industriales.
Esa presión cambió las reglas del juego. Hoy el estándar internacional de referencia es el Responsible Mohair Standard (RMS) de Textile Exchange, que certifica las llamadas Cinco Provisiones del bienestar animal y el manejo regenerativo del suelo. El Programa Mohair se apoya además en los estándares de la ONG Wildlife Conservation Society para validar buenas prácticas en la producción patagónica.

¿Cuánto vale el mohair argentino y por qué se exporta tan barato?
Un kilo de mohair de buena calidad puede pagarse hasta 50 dólares en el mercado internacional, según los precios de subasta que maneja la industria sudafricana, que es la que fija la referencia global. La última zafra argentina, en cambio, se vendió entre 12 y 14 dólares el kilo. La brecha no se explica por calidad: el mohair patagónico tiene un rinde al peine superior al promedio y es buscado por las casas de lujo justamente por su diferencia con el sudafricano.
El problema es estructural. La comercialización en Argentina convive con un grado de informalidad que limita la trazabilidad y empuja a los productores a vender por fuera del circuito licitatorio del Programa Mohair. A eso se suma la inestabilidad cambiaria, que erosiona los contratos y obliga a cerrar zafras a precios castigados frente a la referencia internacional.
La legislación tampoco acompaña. La ley caprina, que sostiene al Programa Mohair, y la ley ovina, que regula la esquila y la clasificación de fibras, vienen desfinanciadas hace años. Sin esos instrumentos, los productores pierden capacidad de invertir en infraestructura, mejora genética y certificación, que es exactamente lo que valora el comprador europeo dispuesto a pagar el precio premium.
El resultado es una región con todas las condiciones para capturar más valor y un esquema institucional que la deja exportar fibra cruda en lugar de tops e hilados. Mientras Sudáfrica desarrolla integración local para vender producto terminado, la Patagonia sigue siendo proveedora de materia prima en un mercado donde el verdadero margen está en lo que se hace después de la esquila. La fibra diamante existe; el negocio diamante todavía no.