Del uso como simples pasatiempos a parte de la vida cotidiana, las redes sociales se transformaron en los principales canales de venta online en una economía donde el ingreso no alcanza.
No son sólo las publicidades pautadas, que aparecen entre cada story o reel que vemos, sino ese mismo contenido que las marcas, influencers, y seres cercanos que tenemos en nuestras redes sociales suben por cuenta propia. Productos caseros, talleres y cursos, perfumes, cosas usadas, todo está en venta y todo puede ser comprado en los sitios que ya forman parte de la cotidianeidad en un 100%.
Instagram, TikTok, YouTube, WhatsApp, que originalmente no tenían la finalidada de ser canales de venta, pero que se convirtieron en uno por la necesidad de complementar el ingreso, incluso desarrollando sus propios sitios de compra y venta, como el caso de MarketPlace de Facebook. Se ha vuelto cada vez más complicado encontrar un espacio online donde no te estén intenando vender algo.
Suscpriciones y comisiones, la nueva modalidad
Hace unos años aparecieron los llamados influencers del ahorro. En plena inflación encontraron un nicho compartiendo promociones, descuentos y oportunidades para llegar a fin de mes gastando menos. Cumplían una función útil para miles de consumidores. Pero las plataformas encontraron algo todavía más rentable: transformar esas recomendaciones en un negocio.
Hoy casi ninguna sugerencia es completamente inocente. Hay códigos personalizados, enlaces patrocinados, acuerdos comerciales y programas de afiliados que convierten cualquier recomendación en una posible comisión.
El lanzamiento del programa de afiliados de Mercado Libre termina de consolidar esa tendencia. La compañía permite que personas que crean contenido en redes sociales, blogs o sitios web generen enlaces para recomendar productos y cobren una comisión por las ventas que se concreten a partir de esos links. Incluso exige que los participantes tengan perfiles públicos activos y produzcan contenido de manera regular.
La lógica del sistema es más amplia de lo que parece. Si un usuario entra al marketplace desde un enlace y compra el producto recomendado, o cualquier otro de la misma categoría, dentro de las siguientes 24 horas, el afiliado recibe una comisión directa. Si finalmente adquiere un artículo de otra categoría, también cobra una retribución, aunque menor. En la mayoría de los rubros las comisiones llegan al 8% para las ventas directas y al 4% para las indirectas; en tecnología bajan al 4% y 2%, mientras que en alimentos y bebidas directamente no existe retribución.
La promesa parece atractiva: ganar plata recomendando productos. Sin embargo, para que ese ingreso tenga un impacto real hace falta generar mucho volumen. Mercado Libre, además, sólo liquida las comisiones cuando el afiliado acumula al menos $30.000 provenientes de tres compras válidas realizadas por tres compradores distintos.
Ahí aparece el verdadero negocio. Las plataformas ya no dependen únicamente de campañas publicitarias. También convierten a periodistas, influencers, creadores de contenido, administradores de grupos de WhatsApp y usuarios comunes en una enorme fuerza de ventas distribuida por internet. Cada enlace compartido multiplica las posibilidades de una compra sin que la empresa tenga que salir a buscar clientes de manera directa.
El afiliado recibe una comisión. La plataforma, en cambio, gana por varios lados: aumenta el tráfico, suma ventas, mantiene a los usuarios dentro de su ecosistema y continúa cobrando las comisiones a los vendedores que operan en el marketplace. El costo de conseguir compradores se distribuye entre miles de personas; el negocio principal sigue concentrado.
Ya no hace falta ser un influencer con millones de seguidores. Cualquier usuario con una comunidad pequeña, un grupo de WhatsApp o una cuenta activa en redes sociales puede convertirse en un promotor permanente de productos. Durante años las plataformas pelearon por captar nuestra atención. Ahora también compiten por monetizarla.
Todo tiene valor de reventa
El cambio también se percibe fuera de las redes sociales. Hace no tanto tiempo era habitual regalar la ropa que ya no se usaba, donar un mueble o dejar un electrodoméstico para que alguien más lo aprovechara. Hoy casi todo parece tener un precio.
Marketplace es el ejemplo perfecto: una recorrida rápida y se puede encontrar lo que uno busque, aunque el estado de los productos que se venden no siempre está en las mejores condiciones. Lo que antes se tiraba, regalaba o donaba, ahora se trata de exprimir aunque sea un pequeño monto y ganar algo con su venta.
Los estados de WhatsApp también cambiaron. Donde antes predominaban las fotos familiares o los saludos, ahora aparecen tortas, viandas, camperas, perfumes, celulares usados, clases particulares, arreglos de teléfonos y cualquier changa imaginable.
No hay nada reprochable en intentar generar un ingreso extra. El problema aparece cuando esa necesidad deja de ser individual y pasa a convertirse en una característica de toda la economía. La cultura emprendedora terminó mezclándose con el rebusque. La recomendación genuina se confundió con la publicidad. Y el consumidor empezó, muchas veces sin darse cuenta, a convertirse también en vendedor.
Las empresas aprovecharon ese escenario. En lugar de limitarse a ofrecer productos, diseñaron sistemas para que otros los comercialicen por ellas. Antes contrataban vendedores, hoy consiguen que sean los propios usuarios quienes acerquen clientes a cambio de una comisión. El algoritmo ya no sólo decide qué vemos, sino también qué compramos y quién gana dinero cada vez que hacemos clic.
En un contexto donde los sueldos a veces no llegan ni a mitad del mes, y las deudas ahogan a las familias argentinas, cualquier dinero extra que ingrese es visto como un salvavidas. Los algoritmos ya dominan nuestra atención, ahora buscan monetizarla, y que todos nos volvamos vendedores de algo, no importa qué.



