En la agenda del desarrollo argentino suele instalarse, casi como un falso dilema, la comparación entre Vaca Muerta y la llamada Vaca Viva. La evidencia muestra que Argentina necesita ambos motores: uno para impulsar, otro para transformar.
Vaca Muerta, con su escala, inversión y capacidad para generar divisas, puede funcionar como el acelerador financiero y tecnológico de la transición hacia una economía más diversificada. A su vez, Vaca Viva —la Bioeconomía basada en biomasa, agroindustria, biotecnología y energías limpias— ofrece derrames económicos, sociales y tecnológicos de carácter federal que ayudan al crecimiento de la producción nacional.
Federalización del valor y arraigo productivo
La Bioeconomía se apoya en una ventaja que la caracteriza: su capilaridad territorial. Cada región argentina dispone de excedentes biomásicos aún no aprovechados, que hoy, sin tratamiento previo generan pasivos ambientales, pudiendo ser la base de nuevas industrias locales.
Es así que, “Vaca Viva” permite generar empleo joven calificado, sostener el arraigo, dinamizar cadenas de proveedores y promover la innovación desde el interior. No se trata solo de producción primaria: la verdadera riqueza aparece cuando se transforma en origen, generando alimentos, bioinsumos, biocombustibles, biomateriales y soluciones tecnológicas exportables.
Además, la sustentabilidad ya no es opcional. Es demanda de mercado y exigencia de las nuevas generaciones. En este punto, Argentina cuenta con la ventaja de que la mayoría de sus cadenas productivas suelen ser las de menor huella de carbono del mundo, lo que abre puertas a mercados premium y certificaciones ambientales que incrementan la competitividad internacional.
Clusters bioeconómicos: transformar excedentes en riqueza
En el desarrollo de Vaca Viva no es la materia prima la que debe recorrer kilómetros; es el valor agregado el que debe originarse en el lugar.
Se trata de una economía circular productiva, con base biológica y renovable, capaz además de generar nuevos mercados financieros a través de la comercialización de bonos de carbono (CO₂). Los sistemas bioeconómicos permiten capturar, reducir o sustituir emisiones, transformando buenas prácticas ambientales en activos económicos exportables.
Para que estos clusters prosperen, es imprescindible consolidar redes de innovación: empresas, universidades, educación técnico profesional, gobiernos locales, emprendedores y capital de riesgo trabajando de manera articulada. La innovación surge del intercambio, de la cocreación y de la validación rápida en territorio. El productor local, que vive y apuesta por su ciudad, se convierte en el primer agente de cambio.
Una estrategia integrada para el futuro
Argentina, con un mercado interno reducido, necesita insertarse en el mundo con productos de alto valor agregado, tecnología y energías limpias. Para competir globalmente debe acelerar la tecnificación, la biotecnología y la industrialización regional.
La discusión no es elegir entre Vaca Viva o Vaca Muerta, sino entender cómo el desarrollo energético puede potenciar al sector productivo y cómo este, a su vez, puede generar empleo, innovación y exportaciones con mayor valor agregado.
La Bioeconomía es para el país, lo que es Vaca Muerta para Neuquén. ¡Resucitemos al Animal! Invitamos a que sigan toda la información de Vaca Viva a través de su red social: @SomosVacaViva



