En la actualidad, el 99,9 % de la superficie sembrada con soja es GM; así como el 99 % del maíz y el 100% del algodón.
En el corriente 2026, nuestro país comenzó a celebrar un hito fundamental para su sector agroindustrial: 30 años desde la aprobación del primer cultivo transgénico. Este camino comenzó en 1996 con la introducción de la soja tolerante al glifosato, y desde entonces, la adopción de organismos genéticamente modificados (GM) ha transformado la matriz productiva del país.
Actualmente, la Argentina se posiciona como el tercer productor mundial de cultivos GM, situándose solo detrás de los Estados Unidos y Brasil.
Con aproximadamente 24 millones de hectáreas sembradas, el país representa entre el 12 % y el 13 % de la superficie global destinada a estos materiales.
La penetración de esta tecnología es casi total en los principales granos:
—Soja: el 99,9 % de la superficie sembrada es transgénica.
—Maíz: representa el 99 % del total sembrado.
—Algodón: alcanza el 100 % de adopción.
Además de estos pilares, se siembran en menor proporción otros cultivos como el trigo, la papa y la alfalfa transgénicos.
¿Por qué el productor elige la biotecnología? La tasa de adopción en el país ha sido excepcionalmente alta superando, incluso, hitos históricos como la incorporación de los híbridos de maíz. Este éxito se debe a que el agricultor encuentra beneficios tangibles que van más allá de la disminución de costos. Entre las ventajas destacan:
—Mayor flexibilidad en el manejo del cultivo.

—Reducción en el uso de insecticidas, especialmente con los cultivos Bt (resistentes a insectos).
—Mejor rendimiento y calidad de la producción.
—Sustentabilidad: los cultivos GM se complementan con la siembra directa (SD), una práctica de labranza conservacionista que ayuda a la conservación del suelo y simplifica el manejo.
Un sistema de regulación riguroso
Para que un cultivo transgénico llegue al campo, debe atravesar un estricto proceso de evaluación a cargo de la Secretaría de Alimentos, Bioeconomía y Desarrollo Regional.
Este proceso se fundamenta en informes técnicos que garantizan tres pilares: seguridad para el consumo (humano y animal); seguridad ambiental y ausencia de impacto negativo en las exportaciones.
El desarrollo de un nuevo cultivo transgénico es un proceso de largo aliento que toma, en promedio, 16 años desde el laboratorio hasta el mercado. Lo que vemos hoy es solo la punta del iceberg de una vasta cantidad de investigaciones en curso.
En los últimos años, nuestro país ha sumado innovaciones propias como el trigo y la soja con tolerancia a la sequía, que se siembran bajo condiciones específicas de identidad preservada.
A nivel global, la tendencia se inclina hacia mejoras en la calidad nutricional —como el arroz dorado o el tomate morado— y el uso de plantas como fábricas de moléculas de interés, lo que promete expandir aún más las fronteras de la biotecnología en las próximas décadas.




