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Sequía y calor extremo: estrategias para mantener los cultivos estivales 

Vivalda Melina De Vivalda Melina
16/01/2026
En La Pampa
Tiempo de lectura: 5 Minutos

El año comienza con calor y pocas lluvias, por eso el Ingeniero Agrónomo Mariano Fava explica estrategias para paliar el complicado clima venidero. 

Los pronósticos climáticos para la segunda mitad de enero indican una probabilidad moderada de precipitaciones cercanas a lo normal para gran parte de La Pampa, aunque con elevada variabilidad espacial. Además, se espera una alta frecuencia de días con temperaturas máximas superiores a 33–35 °C. En este escenario es conveniente contar con estrategias de manejo orientadas a la eficiencia hídrica.

La región pampeana es uno de los sistemas más expuestos a la variabilidad climática interanual, sin embargo es también, paradójicamente, uno de los sistemas agrícolas más intensivos y productivos del hemisferio sur. La combinación de sequía y olas de calor intensas es el principal factor limitante del rendimiento de los cultivos estivales, particularmente maíz, soja y girasol. Analizar de qué manera estos factores de estrés se relacionan con las prácticas de manejo agronómico es fundamental para mantener la productividad, asegurar la estabilidad de los sistemas productivos y optimizar el uso de los recursos disponibles.

La sequía y el estrés térmico se encuentran estrechamente vinculados: la menor disponibilidad de agua en el perfil del suelo reduce la transpiración del cultivo, lo cual limita el enfriamiento foliar y acentúa los efectos de las altas temperaturas sobre los procesos fisiológicos.

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La región pampeana es caracterizada por una marcada diferencia en profundidad efectiva de los suelos y capacidad de almacenamiento hídrico. Este fenómeno, además, se expresa con elevada variabilidad espacial y temporal lo cual genera respuestas productivas contrastantes, aun dentro de un mismo establecimiento.

“La elección de la fecha de siembra define la coincidencia de los períodos críticos del cultivo con las fases de mayor probabilidad de estrés hídrico y térmico. En siembras tempranas (octubre), el maíz suele transitar floración y cuajado de granos durante diciembre, mes de alta radiación y elevada demanda atmosférica. En campañas con déficits hídricos tempranos o irrupciones de calor intenso, el riesgo de aborto floral, fallas de polinización y reducción del número de granos por planta se incrementa de manera significativa” explica en ingeniero. 

Continúa explicando que, en contraste, “la siembra tardía, comprendida entre la segunda quincena de noviembre y la primera quincena de diciembre, se ha consolidado en La Pampa como una estrategia de escape frente a la sequía y a los golpes de calor de comienzos del verano. Al desplazar el período crítico hacia enero/febrero, estos planteos suelen coincidir con una mayor probabilidad de lluvias convectivas y con un acortamiento progresivo del fotoperíodo, lo que atenúa la demanda atmosférica. Análisis regionales muestran que, en años secos, los maíces tardíos pueden superar en un 15–30 % el rendimiento de los tempranos en ambientes de media a baja capacidad de almacenamiento, evidenciando su mayor estabilidad relativa.”

En el caso de la soja y girasol, las siembras tardías también suelen beneficiarse de una mejor recarga hídrica inicial del perfil: registros históricos indican que, en la región pampeana central, más del 60 % de las precipitaciones estivales se concentran entre diciembre y febrero, lo que incrementa la probabilidad de que cultivos implantados a fines de noviembre dispongan de mayor oferta hídrica durante floración y llenado, siempre que la distribución de las lluvias acompañe.

El experto explica que “la densidad de plantas modula de manera directa la competencia por agua, nutrientes y radiación. En ambientes restrictivos, densidades elevadas aceleran el consumo hídrico y el agotamiento del perfil, intensificando el estrés durante floración y llenado. Estrategias de siembra más ralas permiten reducir la demanda temprana, prolongar la disponibilidad de agua y mejorar la eficiencia de uso del recurso hídrico, especialmente en maíz y girasol. En soja, la elevada plasticidad morfológica permite cierta compensación a menores densidades, aunque bajo estrés combinado de sequía y calor esta capacidad se ve notablemente limitada”.

Una estrategia es el espaciamiento entre surcos, que influye sobre la intercepción de radiación, la evaporación del suelo y la competencia radical. “Surcos más estrechos (52 cm) favorecen un cierre temprano del entresurco. En maíz, el impacto del espaciamiento es fuertemente dependiente del ambiente: en condiciones de buena disponibilidad hídrica, surcos angostos maximizan la captura de radiación; bajo sequía, en cambio, surcos más amplios (70 cm) ofrecen mayor flexibilidad al disminuir la competencia temprana y permitir una exploración radical más eficiente por planta”, explica Fava. 

La profundidad efectiva del suelo también emerge como un factor estructural determinante de la resiliencia frente a sequía y calor: los suelos profundos y con alta capacidad de almacenamiento permiten sostener la transpiración durante períodos prolongados sin lluvias, atenuando el impacto de las olas de calor. Cada 100 mm adicionales de agua útil en el perfil pueden representar incluso entre 800 y 1.200 kilogramos por hectárea de maíz en ambientes pampeanos.

La acumulación de humedad previa a la siembra es igualmente crítica: cada milímetro almacenado en el perfil actúa como un seguro productivo frente a eventos extremos, particularmente en planteos tardíos. “En este sentido, la siembra directa y el mantenimiento de altos niveles de cobertura superficial juegan un rol central: mejoran la infiltración, reducen la evaporación y moderan las temperaturas del suelo, preservando humedad y amortiguando los picos térmicos en la rizósfera”, sintetiza el ingeniero. 

Otro de los principales determinantes de pérdida de rendimiento es el estrés térmico durante la floración. En el maíz las temperaturas superiores a 35 °C reducen la viabilidad del polen y la sincronía entre flor masculina y femenina y en el girasol, el calor extremo afecta tanto la fertilidad del polen como la actividad de insectos polinizadores. En la soja por su lado, si bien la autogamia reduce la dependencia de polinizadores, las temperaturas elevadas aceleran la senescencia floral y aumentan el aborto de vainas.

Con respecto a esto, el ingeniero explica que “la capacidad de recuperación frente al estrés depende del estadio fenológico y de la duración del evento. Durante fases vegetativas existe una elevada plasticidad y posibilidad de compensación. En floración y cuajado, en cambio, el margen de recuperación es mínimo y el daño resulta mayormente irreversible. En llenado, una mejora temprana de las condiciones permite recuperar parcialmente el peso individual del grano”.

En conclusión, la interacción entre sequía y olas de calor en la Pampa exige un enfoque sistémico del manejo agronómico para construir resiliencia productiva frente a un clima extremo.

Vivalda Melina

Vivalda Melina

Licenciada en Comunicación Social, recibida de la UNLPam. Periodista y Community Manager.

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